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Jesús Mario Blasco - Contra la absoluta vivíamos mejor

Todos, en mayor o menor medida, las denostan, pero hay quien no puede vivir sin ellas. Las mayorías absolutas representan ahora casi el moderno arquetipo de la villanía, del poder omnímodo, de aquellos subidos en su torre de marfil que no escuchan a los demás, más que a su propio orgullo interior. Y algo de eso hay, evidentemente. En ocasiones estas mayorías sirven como ligazón de personas y proyectos que en circunstancias normales jamás prosperarían, por manifiesta incompatibilidad entre sus miembros (cosa que al final se acaba notando en el proceder gobernando) En otras ocasiones, el poder ejercido sin contrapeso sirve para apuntalar liderazgos que después generan vicios imposibles de quitar. Como decía Lord Acton, “el poder absoluto corrompe absolutamente”. Estos miasmas emitidos cuando se dan tales circunstancias provocan endiosamientos, liderazgos mesiánicos que acaban confundiendo eso mismo, el liderazgo con la tiranía. Ahí entroncamos con otra famosa sentencia, esta vez de Bernard Shaw, sobre los pañales y los políticos, y la misma necesidad de cambio frecuente. El endiosamiento provoca perder pie con la realidad, y genera falsas sensaciones de impunidad.

Lo hemos visto en aquellos sitios donde reiteradamente manda siempre el mismo. La tentación acaba apareciendo, y el peligro de la mala praxis existe, sobre todo cuando algunos se sienten intocables.

Por supuesto, no siempre esto es así y también hay casos en los que no sucede tal cúmulo de desgracias, pero al menos sí se puede decir que el poder absoluto crea el caldo de cultivo para que sucedan estas bochornosas situaciones. Ahora bien, los gobiernos con mayorías amplias, amplísimas, también generan situaciones parecidas al otro lado del espejo. Siempre se ha dicho que uno de los mayores problemas de las mayorías absolutas es que privan al gobernante de la necesidad de pactar y escuchar (cosa que reitero no siempre sucede, pero casi acaba siendo norma) pero al final acaba trasladando este vicio al otro lado del espejo. Es decir, la oposición en estos casos no pocas veces acaba fraguando también un bloque impermeable. Y la tentación de que el papel lo acaba aguantando todo, de que da igual lo que se haga, lo que se diga, lo que se proponga. Total, no va a trascender, se dirán o se dirían algunos. El problema es que esta manifiesta falta de rigor, esta falta de diálogo y de capacidad de escuchar (y hasta de empatizar con el que tienes enfrente) a veces se hereda cuando el que es oposición pasa a ser gobierno, o incluso cuando se deja de ser oposición sin capacidad de decidir a oposición con esta capacidad. Cuando el papel deja de ser de hormigón y pasa a ser de calca, muchas veces no aguanta el peso de la demagogia, de los enredos inútiles y de las guerras sin sentido.

Tanto a nivel nacional como local, las mayorías absolutas se han ido y no parece que vayan a volver, al menos a corto-medio plazo. Con respecto al gobierno central, ya hemos visto cómo está el percal. Incapacidad absoluta para llegar a un mínimo acuerdo, y elecciones de nuevo.

Fantástico. A nivel local, una situación singularmente grave que habría exigido medidas extraordinarias (¿por qué no haber intentado un gobierno de concentración que recogiese todas las sensibilidades, habida cuenta de los ribereños quisieron el pasado 24 de mayo una gran fragmentación de las fuerzas?) y donde finalmente nos encontramos con que la falta de consenso agrava los problemas. Hace unos meses decíamos que los consensos adquiridos en torno al río Tajo deberíamos extrapolarlos a otros muchos temas igual de importantes. Pues no, no solo no hemos extrapolado nada sino que hasta ese mínimo consenso se ha perdido, ha saltado por los aires y va a costar mucho recomponerlo. Unos se comportan como si gobernaran con mayoría y otros como si tuvieran otra enfrente. Y esto es letal para Aranjuez porque ahora, más que nunca, hace falta dialogar, sacar esta ciudad adelante y para ello dejarnos los pelos en la gatera que sea menester. Qué duda cabe de que sin mayoría absoluta enfrente las cosas cambian. Para unos, para otros, para los de antes y para los de ahora.

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